Esas zapatillas -relato de mi madre-
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“Esta noche, gran baile familiar en el club de Eugenio Bustos. Con el cierre espectacular de los hermanos Mancifesta”.
El autoparlante transitaba por la calle
del bajo, el sábado, cerca de las cinco de la tarde. Mi mamá Cristina lo
escuchaba mientras le daba maíz a los pollos. Abandonó su tarea y corrió a
avisarnos.
-Escuchen ese parlante, tienen que
prepararse, y no le digan nada al papá. Yo me voy a encargar de eso.
La Rosa terminó de barrer los patios y la
Nelly sacudió todos los muebles. Mi tarea era preparar la media tarde con los
bizcochos vainilla que había horneado en la mañana. Las tres hermanas estábamos
tan entusiasmadas con el baile de la noche, como todos los sábados en que
pasaba el señor de la bocina.
Del comedor hasta el baño hay treinta
metros de distancia con patio abierto y siempre peleamos por bañarnos primero,
antes de que caiga el sol y se ponga frío. En otoño, después de las 7 de la
tarde dan ganas de quedarse adentro de la casa, a menos que sea sábado. Y
siempre sucede lo mismo: la hermana mayor gana la disputa y encabeza el ritual
de preparativos para salir. Yo soy la menor, pero la menos vueltera y cuando
las demás terminan, ya estoy con un pie en el estribo del sulky. Allí arriba,
con las riendas en la mano, mi mamá estaba más arreglada que nosotras, lista
para salir.
Son las diez de la noche cuando el caballo
comienza a hacer circular las ruedas del carro lentamente hasta salir del
galpón, frente a la casa. Al terminarse la calle del bajo, doblamos por
Bernardo Quiroga hacia la izquierda y pasamos por la casa de las chicas Amore.
Allí dejamos el sulky y esperamos a que las hermanas salieran, también
acompañadas por su madre.
Don Amore es un señor muy recto. Todos los
sábados les da una charla preventiva a las chicas antes de salir, y les
controla la ropa para que no provoquen a nadie en el baile mostrando partes
indebidas de su cuerpo.
Así, las chicas Amore, salían siempre de
zapatillas, pantalones anchos y tapadas hasta las orejas. Eso sí, todas
llevaban una cartera bien grande. De ahí nos íbamos caminando hacia el club y
cada salida era de una diversión inmensa. Qué manera de reírnos.
Una cuadra antes de entrar, las chicas se
escondían detrás de un sauce añoso para cambiar los pantalones y las poleras
por los vestidos bien escotados que llevaban en la cartera. También
aprovechaban el momento y se calzaban unos tacos enormes. Las zapatillas que no
cabían en la cartera las dejaban escondidas entre las hojas secas, cerca del
árbol.
La puerta del club se abre. Las dos madres
eligen una mesa. Piden una gaseosa para tomar. Nos miran atentamente con sus
ojos afilados. Un joven me hace una seña allá enfrente. Espero la aprobación de
mi mamá. Pero la hermana mayor tiene que ser la primera. Todo organizado. Se
hizo la una de la madrugada, tardísimo cuando los Mancifesta tocaron su última
pieza.
Salimos rápido y contando lo que cada
muchacho nos había dicho en el baile. Otra vez las risas girando por nuestros
rostros. Tan borrachas de risa estábamos al salir que nos costó encontrar las
zapatillas de las chicas Amore. Todas buscamos hasta encontrarlas en el ruido
del otoño.
Cómo nos divertimos ese sábado! Al otro
día, mi papá nos miraba con cara de enojado. Pero sabíamos que dentro de siete
días mi mamá tendría el oído atento, mientras alimenta los pollos, para
escuchar esa voz que diga: “Esta noche, gran baile familiar”.
Mariano Ramirez
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